Despierta. Abre los ojos. Estate atenta y observa. Date cuenta de que los monstruos más peligrosos no están en el armario ni debajo de la cama. Son esos que ves todos los días y parecen inofensivos. De los que te hacen daño poquito a poco. De los que no parecen monstruos de verdad. Sólo esos monstruos son capaces de desgarrarte por dentro, de hacerte sentir esa rara presión en el pecho y esa excesiva humedad en los ojos. Esos monstruos te consumen. Ya queda poco de ti.

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